Sonrían

 

Hace poco estuve en el parque y una familia se estaba tomando una foto, cuando escuché decir al que la tomaba: hagan como si estuvieran contentos. La expresión me quedó en la cabeza ¿Cuántas veces hice lo mismo, pretender estar contenta? Me di cuenta de que en mi caso no se trató de un estado de ánimo efímero que podes fingir mientras te toman una foto, mucho menos de  algo más permanente, tuvo que ver con otras cosas.

Acabo de cumplir 45 años y siento que viví varias y extrañas vidas pasadas, no de la manera esotérica sino reales. Es decir fui otra persona completamente distinta de la que soy ahora.

Recuerdo por ejemplo una vez que para probar una hipótesis sobre como fingir y gustar más a un hombre, -al menos momentáneamente- bastaba con hacer un par de cosas. Tenía 18 años y un novio venezolano mayor que yo. Un día que llegó a hacer la visita le pedí a una de mis hermanas que pasara por la sala en 15 minutos y le viera la cara y después me describiera lo que había visto. Estábamos sentados en un sofá platicando,  o sea yo también hablaba, de repente me le acerqué, lo miré a los ojos y le motivé que siguiera explicándome, educándome. No presté atención a nada más, abrí la boca incluso aunque no dije nada. Lo vi fijamente como si lo que escuchaba era lo más inteligente que había oído y oiría en mi vida. Transcurrió el tiempo y mi hermana pasó por allí y se fijó. Después me preguntó: ¿qué te estaba diciendo que estabas asi?- fijate que no sé, contesté.

Este episodio puede sonar como que fui una persona malvada, quizás, pero no me pesa, fue un experimento y el tipo ya tenía su recorrido.  Con el tiempo supe que habían muchos recursos para pretender y los tuve que usar, más por sobrevivencia que por experimento. Por eso fui homofóbica, misógina. Me burlé de la yoga, ecología, vegetarianismo.

Traté de ser sumisa, me puse vestidos, medias, me maquillé (para que te veas bonita) decía mi mamá. Fueron muchos años profundamente violentos pues lejos de convertirme cómo quería en esa otra persona, como el resto que conocía, acabé negádome y sobre todo sufriendo el sin sentido de una parodia que poco a poco se iba volviendo insostenible.

Ya no podía hacerme la tonta, callar, atender.  Empecé a dejar de tener miedo a lo no convencional, a buscar referentes, aunque los que encontrara fueran descalificados por algunas de las personas que yo confiaba. Fue un período de contradicción, terror, búsqueda, hasta que vi que habían otras mujeres, aquellas de las que me habían dicho no debía juntarme.  Las vi en las marchas, en una fiesta gay en un lugar llamado” Coro de Angeles”. Se veían sueltas (desatadas, desamarradas).

Después empecé a trabajar en una organización comprometida con los derechos de las mujeres. Sobre eso me dijeron que sólo ¨cochonas¨ (lesbianas) había allí. Lo cierto es que había una o dos, el resto eran nominales, podían decir soy lesbiana y cuando empezara la hostilidad vuelta para atrás.

En ese lugar  empecé a sentirme yo, a quitarme la culpa. Sentí que recuperaba algo de la niña de 10 años que lideraba al grupo de chavalos, todos hombres. Esa que pasaba perdida todo el día cortando mangos, subida a los árboles, los techos del vecindario, mugrienta, hedionda a tierra, sudor o la de 7 años que jugaba con legos y leia todo lo que pudiera. El libro más querido: Las mil y una noches.

Pasó mucho más tiempo. En el camino renuncié, encontré, entendí que había otra vida, que en algún lado estaba y debía buscarla, poner mi casa de ladrillo,  antisismica y asentarme. Ya no tedría que hacer de cuenta y caso que estaba contenta, iba a ser yo.

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